| Número 31 - Comunicación | Verano 2004 |
Editorial >>
Normalidad, diferencia y ventanilla única
No se puede negar que se observan en la sociedad esfuerzos meritorios por aceptar a las persones diferentes, para integrarlas y hacerles la vida más accesible. Ya hace tiempo que crece visiblemente la sensibilidad social, tanto de las administraciones como de la sociedad civil, ante la diferencia y contra cualquier discriminación. Está claro que siempre esperamos que todavía crezca más. Aunque sea, de entrada, en lo que se refiere a la cuestión en abstracto o a su planteamiento teórico. Porque el progreso concreto, material, práctico de esta sensibilidad, en cambio, es menos fácil de constatar.
Los que vivimos la diferencia como la propia normalidad ya sabemos que este salto de la abstracción a la vida diaria no es sencillo. Es difícil, si no imposible, ponerse en la piel de una persona que convive con ciertas discapacitaciones. Aquellas acciones más rutinarias, más mecánicas y habituales, pueden convertirse en un tour de Francia o en la aventura del día como no lo son para nadie más. En este número se aborda, y puede ser un ejemplo de ello, el caso de la sordoceguera. ¿Cómo podemos comunicarnos con una persona con sordoceguera? ¿Cómo hacerlo cuando la sordoceguera es un aspecto más de la parálisis cerebral? He aquí una situación aparentemente al límite con la que también se aprende a convivir.
Uno de los problemas de aceptación social de las diferencias, incluso las extremas, como formas de normalidad es la diversidad y la variabilidad de los casos y las situaciones. Quienes vivimos la diferencia como la propia normalidad lo sabemos reconocer y, por lo tanto, podemos aceptar pacientemente esta dificultad añadida. Casi hasta pensar que, sin afán heroico, el mejor modo de contribuir al progreso de la sensibilidad social es no escondernos y no vivir nuestras diferencias dramáticamente, sino precisamente con normalidad.
Debe de ser justamente por eso, porque la simple necesidad de levantarnos todos los días nos trae a construir una inercia de normalidad, que nos cuesta aceptar determinados obstáculos que no parecen tan difíciles de evitar. Ya hace años que se habla de la voluntad de concentrar en una ventanilla única las relaciones de los usuarios con las administraciones. Una ventanilla que debería reducir el número de gestiones y de desplazamientos, la cantidad de papeleo y la opacidad de la información sobre las ayudas o los servicios a los que podemos tener derecho. Hace años que se habla de vez en cuando. Pero el tiempo pasa y la ventanilla no llega. ¿Va a ser necesario pensar en reivindicarla hasta con contundencia? Sería una lástima, porque trabajo y distracciones no nos faltan.
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