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Una vulnerabilidad finalmente reconocida
Por fin las Cortes han aprobado la llamada ley de dependencia, que debe permitir el reconocimiento formal de las limitaciones en la autonomía personal con las que viven muchas personas por razón de su edad o de les secuelas que provocan patologías y accidentes. Este reconocimiento tendrá enormes consecuencias: por un lado, porque regula y debe facilitar el acceso a servicios asistenciales que reduzcan el impacto de la dependencia; por el otro, porque reconoce, y en alguna medida compensa incluso económicamente, la dedicación a las personas dependientes tan frecuente entre sus familiares más próximos. Felicitémonos y sin embargo dediquemos el tiempo necesario a conocer la letra menuda de la ley.
Con este objetivo, ayudar a los lectores a situarse ante el nuevo marco legislativo, este número de Esclat publica tres artículos. Joan Barrios resume el espíritu de la ley y Albert Lisbona explica con claridad sus puntos de principal interés para sus potenciales beneficiarios. Erik Särnell, de la Federación Sueca de Discapacidad, resume el ordenamiento legal sobre la cuestión en Suecia, un estado que hemos convertido en modelo mitificado sobre esta y otras cuestiones.
Ahora, uno de los grandes retos que el nuevo marco legislativo plantea a nuestras administraciones públicas es si sabrán generar, a través de los servicios sociales y de sus profesionales, de modo suficientemente dúctil y atento, los planes de atención casi personalizados que exige la variedad de casos de dependencia y de situaciones individuales. Será una determinante prueba de fuego para valorar la calidad de nuestra aún demasiado modesta y voluntariosa sociedad del bienestar.
Pero el reto tampoco es menor para los mismos ciudadanos: es tarea de todos, y en especial de los que viven más de cerca situaciones de dependencia, hacer una lectura exigente de la ley, para convertirla no en un agente de compasión sino en un instrumento que potencie hasta el límite la propia autonomía personal. Para aprender a disfrutar, sin engañarse y a la vez con naturalidad, de una vida tan normal –tanto como la de los demás- como sea posible.
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