| Número 40 - La discapacidad en los medios de comunicación | Otoño 2006 |
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Telehumillación, la lógica del share
Septiembre de 2002. Hay fiesta en Los Cristianos, locali
dad del sur de Tenerife. Joaquín del Cristo Hernández está muy contento. Hace tareas gratis en la emisora de radio local. Sabe que en el pueblo está Javier Cárdenas, uno de los colaboradores de Crónicas marcianas, el programa estrella del late night. Es una buena ocasión informativa. Los dos se ven y hablan. Los dos salen satisfechos, pero por motivos distintos. Joaquín tiene en aquel momento 38 años, aunque mentalmente no rebasa los siete: disminución psíquica de un 66%. Está contento porque Cárdenas le ha dicho que volverá dentro de un mes para entrevistarle. Saldrá en la tele, en uno de los programas más conocidos de la parrilla televisiva. Cárdenas también está contento. Acaba de encontrar a un inocente a quien transformará en uno de los personajes frikies para uno de sus reportajes ridiculizantes. El 16 de octubre se emite la entrevista, que ha sido grabada sin el consentimiento de los padres de Joaquín. Empieza el show. Cárdenas le hace preguntas confusas y enrevesadas sobre su vocación de periodista, sobre las mujeres que le gustan, y le hace mirar a la cámara cuando el objetivo está detrás. Pero no le basta con la humillación en directo. La imagen de Joaquín colgará durante días en la web del programa con unas enormes gafas. La foto va acompañada de una frase: "Periodista, soltero, ligón busca…"Joaquín ya no está contento. La gente le señala por la calle, pero no es la notoriedad que él esperaba. Los vecinos se burlan de él. Una cosa parece del todo cierta: Joaquín no estaba preparado para el cinismo humano. Su normalidad, construida a golpes de grandes esfuerzos, se hundió. Y se cerró durante cuatro meses en su casa. Los padres llevaron el caso a los tribunales. El psiquiatra forense afirmó en el juicio que Joaquín presentaba "un trastorno adaptativo mixto, con repercusión grave en su conducta social, al haber sido sometido a burla y humillación de forma pública en un programa de televisión". En enero de 2005 un juez condenó a Cárdenas, Xavier Sardà, Telecinco y la productora Gestmusic a pagar 15.000 euros a Joaquín por un delito de intromisión ilegítima en su honor. Goliat recurrió contra la sentencia, pero la audiencia provincial de Tenerife la confirmó en febrero de 2006. El tribunal establece en la condena que el programa debe hacer pública la sentencia, pero ha llegado demasiado tarde: el programa ya no está en antena. Nadie pedirá perdón y Joaquín deberá hacer frente como pueda a la dura batalla de la cotidianidad.
Octubre de 2002. Una joven con síndrome de Down también está muy contenta. Irá con su hermana a la grabación del programa
Música sí, de TVE. Ya han entrado en el plató. Tienen suerte porque han podido sentarse en primera fila. Ella se lo mira todo con fascinación. De golpe, se acerca una de las chicas del programa y pide a las hermanas que se sienten unas filas atrás. Ellas piden una explicación. "Cuestión de imagen", responde. Al final, las hacen sentar en la última fila. Responsables del programa negaron en su día que se discriminara al público, y explicaron que lo que había pasado había sido "un malentendido", palabra vacía que nunca quiere decir nada.La televisión tiene hambre, y en su voracidad aniquila cualquier frontera, incluso la más intocable, la que define una sociedad como democrática: la dignidad. La pugna por la cuota de pantalla, la lógica del share, arrastra la televisión hacia la
teleindignidad. La invasión empezó con la desaparición del monopolio de TVE y la lucha de las privadas por la audiencia. Recordemos la tragedia de Alcàsser. La mañana del 27 de enero de 1993 aparecieron los cadáveres de las tres adolescentes desaparecidas casi un año antes. Por la noche, el pueblo fue tomado por las cadenas de televisión. Nieves Herrero dirigía De tú a tú, un programa presuntamente informativo que estrenaba la era de los reality show. Sacó el máximo rendimiento del dolor de los padres de una de las jóvenes. Desde ese momento, la televisión no tiene fronteras. Si la democracia es respeto a la diferencia, la televisión quiere hacerla rentable.Otro caso. Kellie McGee vivía acomplejada por su físico. Cuando la cadena norteamericana ABC anunció su
reality extreme makeover, la mujer pensó que quizás sería la solución a sus problemas. E inició el proceso. El programa le prometió que la convertiría en una princesa a través de la cirugía estética. Sus hermanas y su marido fueron entrevistados por el programa despreciando el físico de Kellie. El guión necesitaba estas declaraciones para contrastarlas con las que harían cuando Kellie fuera una princesa y entonces elogiaran su transformación. Pero no fue así. Los responsables del programa cancelaron su participación porque el tiempo de recuperación de todas las operaciones que ella necesitaba no encajaría con el tiempo del programa. Kellie volvió a su casa de Tejas, a su realidad. No pudo soportarlo y se suicidó.Puedo garantizar que encontrar estos casos ha sido muy fácil. El problema es que existen más, muchos más. En su carrera desesperada por el mercado, la televisión ha inventado un nuevo género que en Estados Unidos han bautizado como
telehumillación. Programas que degradan a la gente, agrediéndoles física o psíquicamente, explorando sus emociones para llevarlas al límite, invadiendo groseramente su intimidad. Son programas de bajo coste y de altísima rentabilidad económica, sobre todo porque hacen hablar. Mientras tanto, los especialistas y los académicos no se ponen de acuerdo a la hora de definir lo que provisionalmente denominan telebasura.Carles Ruiz

