Ver todas las revistas
Editorial >>
Ir de vacaciones
Las vacaciones son vividas por la mayoría de la población como un periodo de descanso y de interrupción de las rutinas, sobre todo laborales, que marcan el día a día. Aunque la falta de acuerdo entre el calendario escolar y los periodos de vacaciones de los padres obligan a acrecentar y diversificar la oferta de actividades para los escolares durante una parte de los meses de julio, agosto y septiembre. A aquella rutina la sustituye, entonces, algo así como una rutina inversa, que lleva a los niños a seguir una pauta de actividades no académicas y libera a los padres, y por tanto les descansa, de procurar su entretenimiento y el rendimiento del paréntesis estival.
Pero para las familias con personas con discapacidad y un alto nivel de dependencia, también este momento del calendario es más difícil. Para las personas con discapacidad, porque a menudo alterar sus rutinas introduce un factor de desestabilidad que les desorienta. De desestabilidad y, muy a menudo, de aburrimiento. Para sus padres y hermanos, y más a medida que se hacen mayores, porque el catálogo de propuestas de actividades dirigido a nuestro colectivo es aún muy reducido y limitado.
Cabe esperar que no desfallezca la iniciativa imprescindible de los centros educativos y ocupacionales y de las asociaciones de padres u otras entidades que las dirigen, motor activo de la mayoría de recursos puestos a disposición de las familias y las personas con discapacidad. Pero también se debe exigir a la administración que refuerce con especial cuidado estas iniciativas para evitar que la falta de recursos y el cansancio terminen poniéndolas en peligro.
Y eso significa también que la administración debe tomar conciencia de los errores de apreciación que pueden llevar, al traducirse reglamentariamente, a hacer imposibles algunos servicios. ¿De qué hablamos? Es una paradoja que las actividades de verano estén siempre asociadas a los servicios para jóvenes. Porque en el caso de las personas con discapacidad, la edad es un factor absolutamente negligible. Pero son los organismos de juventud los que reservan fondos públicos para apoyar ofertas de las que van a disfrutar adultos con discapacidad. Y ello hace que la administración y las entidades trabajen en falso. ¿Hasta cuándo?
Hasta el próximo verano, por lo menos.
Editorial